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LA VIDA SECRETA DE LOS REÑIDEROS
Por: Raúl Duarte
 
Nota Publicada por Diario Córdoba en su edición del 11 de abril de 1989. La ciudad de Córdoba y sus alrededores cobijan todavía decenas de hombres dedicados a una actividad milenaria como la riña de gallos. Al margen de la ley, ignorados hasta por la Asociación Protectora de Animales, mueven miles de australes en encuentros que tienen mucho de rito.
Un olor a azúcar quemada y a carbones encendidos ocupa el aire de la mañana. Jaulas y corrales de alambre tejido guardan las aves de riña en un patio de un barrio del noroeste de nuestra ciudad. Don Díaz se recorta entre las plantas y los troncos de los árboles; sabe que está viejo y hasta sus manos sarmentosas y vacilantes lo dicen en las curvas que trazan en el vacío. Se ha levantado temprano, como siempre, y ha separado a dos gallos de los voladeros.
Explica que los voladeros son jaulones alargados donde las aves pueden moverse libremente y dormir en lo alto. Hoy está dispuesto a descrestar y desmejillar a dos animales jóvenes. “Se les cortan las crestas y las mejillas para que el rival no tenga de dónde agarrrarse”, dice mientras les pone una especie de guantes de box en las púas. Los hace luchar un rato, y cuando están embravecidos y calientes, corta las carnes con unas tijeras bien filosas.
En voz baja y como si hablara para adentro, asegura que de esta forma las aves no sienten absolutamente nada.
“Si, pierden mucha sangre, pero no sufren”. Realiza toda la operación con suma tranquilidad, como si cada movimiento respondiera a un plan perfectamente establecido. Luego comenta que ese método se llama “descrestar en caliente” y que hay otra forma que se hace “en frío”, pero que el animal sufre mucho, aunque sangra menos. La tradición, cosa que en esta materia no es poca, indica que luego de descrestados, telarañas y azúcar quemada evitan la hemorragia. Don Díaz, un hombre ecléctico, combina el azúcar quemada con un moderno coagulante. SEGUNDOS AFUERA.
Al terminal el mes de abril y en los primeros días de mayo, en algunas barriadas populares ubicadas en la periferia de Córdoba, los cultores de las riñas de gallos dan por finalizados los entrenamientos y ultiman detalles para el comienzo de las actividades.
Los animales más experimentados y los recién iniciados, que para este tiempo están recuperando las plumas que perdieron durante el verano, se preparan para la lucha. Los riñistas – así se denominan a si mismos los hombres dedicados a este mettier – ya tienen sus gallos “puestos”, que es como decir listos para el combate. Al igual que los boxeadores, las aves de riña son mantenidas con extremo cuidado durante aproximadamente cuarenta días antes de ser lanzadas a las arenas de la lucha. En el período de entrenamiento los gallos gozan de una dieta especial, preparada generalmente por un veterinario, y realizan ejercicios como flexión de patas, flexión de alas, volido y pecho y volido de cola. Cuando el trabajo de entrenamiento se lleva a cabo con poca pericia es probable que el gallo quede extenuado, lográndose que luego pelee con pocas ganas y sin fuerzas. Son los gallos “pasados” o “podridos”. Como Juan por su casa, entra en escena un gallero joven, seguramente en busca de la experiencia de don Díaz. Dice que se llama Paredes y que no tiene miedo a que se publique su nombre: “Hay que poner el pecho para que se legalice nuestra actividad”: Don Díaz asiente con la cabeza y luego recuerda épocas mejores, cuando funcionaba el club Manuel Posadas. “Lo cerraron hace como diez años – aclara Paredes – pero con todo eso no han conseguido exterminarnos”. Ahora, afirma, los clubes no tienen cede social fija a pesar de que los riñistas pueden contarse por miles. Contrariamente a lo que hace don Díaz, el joven Paredes prefiere un buen coagulante para las heridas y desecha totalmente el azúcar quemada y las telarañas. Lo mismo ocurre con las jaulas: mientras Díaz las hace de cajones de manzanas, el joven las prefiere de hierro y con piso plástico, para controlar mejor la limpieza y los parásitos. No obstante, tanto el anciano como el joven coinciden en que esta actividad al margen de la ley no está en contra de la naturaleza animal, pues consideran que estas aves pelean instintivamente, con o sin la participación del hombre. ALIMENTANDO ESPERANZAS.
Todo el tiempo los galleros acarician a sus animales, les soban el cogote y las plumas de la cola; se diría que aman a sus aves y que no ven la actividad como un negocio. Paredes afirma que “es un hobby muy caro por lo que se gasta en alimentación y medicamentos”. Por supuesto, cada gallero posee su propia dieta. “Por ejemplo yo – cuenta don Díaz – les doy maíz; en cambio él – dice señalando a Paredes – les da parte de maíz, avena pelada, avena despuntada, trigo candeal, arroz y achicoria”. A todo esto, a veces se le agregan los huevos duros y un complejo vitamínico que todo riñista guarda en secreto.
Se calcula que el precio de cada gallo oscila entre los 3.000 y 10.000 australes, si es que salen airosos de los combates. Comentan que hay galleros que se dedican exclusivamente a la comercialización de ejemplares, y se sabe que existe uno que tiene un galpón con tres personas full time dedicadas al cuidado y alimentación de los animales.
Ciertamente, miles de australes se mueven en torno a esta actividad que se inicia a fines de abril y se extiende hasta diciembre. Aparte de las riñas que se llevan a cabo en los patios familiares, se celebran torneos en los que participan representantes de toda la República y hasta galleros llegados de países limítrofes. En este sentido Brasil es considerado como La Meca de la actividad, y los animales de ese orígen tienen un precio bastante por encima de las razas criollas. Un gallo de riña tiene una “vida útil” de cuatro años como máximo, a un promedio de cuatro peleas anuales.
En la provincia de Salta se lleva a cabo el certamen de mayor importancia en el país. Paredes recuerda que ganó un torneo de éstos a veces se ponen en juego más de 10.000 australes por persona y por pelea – con un gallo que terminó victorioso pero con los ojos fuera de sus cuencas.
Como en el ajedez, los empates de denominan “tablas” y por lo general son resultado de arreglos entre los galleros para salvar a los animales que de otra forma terminarían muy heridos o muertos. “Ahora los combates no necesariamente concluyen en el sacrificio de los animales – dice don Díaz – los dueños tratan de salvar al gallo y a veces, cuando están perdiendo, se otorgan el 50, 70 o 100% de la pelea”. El actual reglamento de las riñas estipula que las aves pelean durante una hora y diez minutos, con dos intervalos llamados “refrescos”, donde las aves son curadas y bañadas con agua. En el argot de los galleros figuran palabras que definen las aptitudes y los defectos de los gallos; así un animal “tirador” es aquel que patea constantemente, tratando de herir a su oponente con las púas. Un gallo “chancho” es aquel que ensucia ña pelea; un “papillero” asegura el tiro de púa tomando con el pico la garganta del rival. También existen los noqueadores, denominados “volteadores”, muy cotizados por mandar “a la lona” al oponente.

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